lunes, 16 de abril de 2012

La poesía gauchesca Jorge Luis Borges

La poesía gauchesca es uno de los acontecimientos más singulares que la historia de la literatura registra. No se trata, como su nombre puede sugerir, de una poesía hecha por gauchos; personas educadas, señores de Buenos Aires o de Montevideo, la compusieron. A pesar de este origen culto, la poesía gauchesca es, ya lo veremos, genuinamente popular, y este paradójico mérito no es el menor de los que descubriremos en ella.

Quienes han estudiado las causas de la poesía gauchesca se han limitado, generalmente, a una: la vida pastoril que, hasta el siglo XX, fue típica de la pampa y de las cuchillas. Esta causa, apta sin duda para la digresión pintoresca, es insuficiente; la vida pastoril ha sido típica de muchas regiones de América, desde Montana y Oregón hasta Chile, pero estos territorios, hasta ahora, se han abstenido enérgicamente de redactar El Gaucho Martín Fierro. No bastan pues el duro pastor y el desierto.

Algunos historiadores de nuestra literatura - Ricardo Rojas es el más evidente - quieren derivar la poesía gauchesca de la poesía de los payadores o improvisadores profesionales de la campaña. La circunstancia de que el metro octosílabo y las formas estróficas (sextina, décima, copla) de la poesía gauchesca coincidan con la poesía payadoresca parece justificar esta genealogía. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental.

Los payadores de la campaña no versificaron jamás en un lenguaje deliberadamente plebeyo y con imágenes derivadas de los trabajos rurales; el ejercicio del arte es, para el pueblo, un asunto serio y hasta solemne. La segunda parte del Martín Fierro nos ofrece, a este respecto, un no señalado testimonio.

El poema entero está escrito en un lenguaje rústico, o que estudiosamente quiere ser rústico; en los últimos cantos, el autor nos presenta una payada en una pulpería y los dos payadores olvidan el pobre mundo pastoril en que viven y abordan con inocencia o temeridad grandes temas abstractos: el tiempo, la eternidad, el canto de la noche, el canto del mar, el peso y la medida. Es como si el mayor de los poetas gauchescos hubiera querido mostrarnos la diferencia que separa su trabajo deliberado de las irresponsables improvisaciones de los payadores.

Cabe suponer que dos hechos fueron necesarios para la formación de la poesía gauchesca. Uno, el estilo vital de los gauchos; otro, la existencia de hombres de la ciudad que se compenetraron con él y cuyo lenguaje habitual no era demasiado distinto. Si hubiera existido el dialecto gauchesco que algunos filólogos (por lo general, españoles) han estudiado o inventado, la poesía de Hernández sería un pastiche artificial y no la cosa auténtica que sabemos.

La poesía gauchesca, desde Bartolomé Hidalgo hasta José Hernández, se funda en una convención que casi no lo es, a fuerza de ser espontánea. Presupone un cantor gaucho, un cantor que, a diferencia de los payadores genuinos, maneja deliberadamente el lenguaje oral de los gauchos y aprovecha los rasgos diferenciales de este lenguaje, opuestos al urbano.
Haber descubiero esta convención es el mérito capital de Bartolomé Hidalgo, un mérito que vivirá más que las estrofas redactadas por él y que hizo posible la obra ulterior de Ascasubi, de Estanislao del Campo y de Hernández.

Podemos agregar una circunstancia de orden histórico: las guerras que unieron o desgarraron estas regiones. En la guerra de la independencia, en la guerra con el Brasil y en las guerras civiles, hombres de la ciudad convivieron con hombres de la campaña, se identificaron con ellos y pudieron concebir y ejecutar, sin falsificación, la admirable poesía gauchesca.

El "Martín Fierro", Bs.As., Columba, 1960


Jorge Luis Borges

domingo, 8 de abril de 2012

lunes, 19 de marzo de 2012

El fin (Artificios, 1944; Ficciones, 1944) Jorge Luis Borges

Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
—Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
—Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
—Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
—Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
—Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
—Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
—Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó:
—Con el otoño se van acortando los días.
—Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
—Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
—Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
El otro contestó con seriedad:
—En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
—Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” J.L.Borges

I'm looking for the face I had
Before the world was made.
Yeats: The winding stair.


El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (fragmento)

PABLO KATCHADJIAN

EL MARTÍN FIERRO ORDENADO ALFABÉTICAMENTE

(2007)

(fragmentos seleccionados: el comienzo, los 'como', los 'Dios', los 'es', los 'pido', los 'pucha' y el final)

a andar con los avestruces:
a andar declamando sueldos.
a ayudarles a los piones
A bailar un pericón
a bramar como una loba.
a buscar almas más tiernas
a buscar una tapera,
a cada alma dolorida
A cada rato, de chasque
a cantar un argumento;
a cortarme en un carrillo.
a dar con la coyontura;
a decir lo que pasaba.
a dormir como la gente,
a esperar que me llamaran
a esperar que venga el día,
a golpiar a los salvajes
a guarecerse en la sierra.
a la cocina rumbiaba
A la llegada metió
a la parte más sentida,
a las dos o tres jornadas
a las pobrecitas, vivas.
a llevarlos en carreta."
"A los blancos hizo Dios,
a los brazos de la muerte;
a los de la esposición.
a los indios me refalo.
a los males, compañero,
a los mulatos San Pedro,
a los negros hizo el diablo
a los pobres que murieron;
a los zorros de mi laya;
a meterse en tanto engorro
a mi china la dejé
A mí el Juez me tomó entre ojos
a mí no me gusta el cómo.
A mí no me matan penas
A mis hijos infelices
a naides le debo nada
A naides le dieron armas,
a ninguno lo largaron;
a ninguno me le atrevo
A otro que estaba apurao
A otros les brotan las coplas
a parar esta contienda."
a perseguirlos de atrás;
a pesar de mi inorancia.
a pie y mostrando el umbligo,
A poco andar conocí
a ponerse en mi camino,
a procurar suerte nueva,
¿A qué andar pasando sustos?
a rejuntar caballada
a saber si es avestruza,
a servirles al asao...
a sorprender a la indiada.
a su amigo cuando toma
a tanto gaucho recluta,
a trabajar en sus chacras,
a un gaucho, que pegó el grito
a uno solo, por favor,
a veces creiba que estaba
A veces decía al volver
a veces me hago el sarnoso
a veces nos obligó
a ver la milonga fui.
a ver si la hacía callar;
a vivir en pura calma,
a vivir sin paradero;
abrazándomé a la china.
acabarán de pagar."
acomodando una bola
adrede parece todo
Afigúresé cualquiera
aflojar como un blandito!
aguaitando atrás de un cerro.
aguaitándoló la muerte.
aguante el que está en trabajo:
aguantemos los azotes.
aguardando una ocasión
¡Ah pobre, si él mismo creiba
¡Ah pulpero habilidoso!
¡Ah tiempo... pero si en él
¡Ah tiempos!... ¡Si era un orgullo
"¡Ah, gaucho!", me respondió.
¡Ah, hijos de una...! ¡La codicia
¡Ah, si partía el corazón
Ahi comienzan sus desgracias,
Ahi empezaba el afán,
Ahi lo dejé con las tripas
Ahi no más ¡Cristo me valga!
Ahi no más me tiré al suelo
áhi no más se los comieron.
Ahi nomás pegó el de hollín
áhi principia el pericón,
Ahi quedaban largo a largo
¡ahijuna! y para tragar
¡Ahijuna, si me estiraron
al arbolito que crece
al cimarrón le prendía
al compás de la vigüela,
al darle el entendimiento.
al darle una lengua que habla.
al darle, malicio yo
Al dirme dejé la hacienda
al fin de fiesta el pulpero
al fortín, un enganchao,
Al grito salió de adentro
al hombre más alvertido.
al indio, pues donde dentra
al juir de los gavilanes.
al lao de la blanca oveja
Al mandarnos nos hicieron
al ñudo, y hacer papel:
al pajonal enderiece.
al pichel, y por más señas,
al pie del Eterno Padre;
Al principio nos dejaron
al punto me contestó,
Al punto me santigüé
Al punto nos dispusimos
Al que le daban un chuzaso
al que un cuero le llevaba.
Al rancho le dije adiós,
al suelo para escuchar;
al tranco pa el cañadón.
Al ver llegar la morena,
al ver un bulto que cruza,
Al verse sin compañero
al viejito enamorao.
alcanzando con la punta
Alcé mis ponchos y mis prendas
Alcemos el poncho y vamos.
alguien me hubiera buscao,
algún día hemos de llegar...
algún poquitito muerda,
Allá habrá siguridá
Allá no hay que trabajar,
allí jamás lo sorpriende
allí la proveduría.
allí me desconoció.
allí mis hijos queridos
allí mis pasos dirijo
Allí quedó de mojón
Allí sí se ven desgracias
Allí tuito va al revés:
Allí un gringo con un órgano
Amigazo, pa sufrir
¡Amigo, qué tiempo aquél!
amparan a los cristianos,
anda el gaucho como duende;
anda sirviendo al gobierno;
andaba muy entonao
andarán por áhi sin madre.
Andaremos de matreros
ande enderieza abre brecha
ande estaba el animal
ande hay duraznillo blanco
ande hay tanto que sufrir,
anduve entre los cardales
Anoche al irlo a tomar
Ansí andaba como guacho
Ansí empezaron mis males
Ansí en mi moro, escarciando,
Ansí es que al venir la noche
Ansí estuve en la partida
ansí lastimao y todo,
ansí llega medio muerto
Ansí me hallaba una noche
ansí mi suerte lo quiso.
Ansí pasaron los meses,
ansí se suele portar
ansí, tendido de panza,
Ansina, pues, conociendo
"Antes de cáir al servicio,
antes que la sangre pierda
¡Aparcero, si usté viera
aquel que nació en la selva,
aquello era ratonera
Aquello no era servicio
Aquello no era trabajo,
aquello que Dios me dio:
Aquí me pongo a cantar



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como a buscarme la hebra,
como a perro cimarrón
como a quererme comer;
como a quererme ensartar,
como agua de la virtiente.
como agua de manantial.
como agua de manantial;
cómo andaba la gauchada
cómo andaría de matrero,
como bicho sin guarida;
como burro con la carga.
como carne de cogote:
como carne de paloma.
como chico con lumbrices.
como cosa más sigura.
como criollos entendidos
como de alma que anda en pena.
como el pájaro del cielo;
como el pájaro en su nido;
como el perro que oye truenos.
como el ruido de un latón.
como el sufrir y el llorar.
como encomienda de pobre.
como esas aves tan bellas
cómo fue la conclusión.
como guacho pa la leche".
como güérfano a la teta.
como haciéndomé chiquito.
Como hijitos de la cuna
como la ave solitaria
como la garganta al sapo.
como la mosca en la miel.
como las mulas;
como las nubes al viento,
como lo hacen tantos otros,
Como lumbriz me pegué
como mi lengua lo esplica:
como naides las maneja,
como no los perseguían
Como nunca, en la ocasión
como oveja sin trasquila
como ovejas del corral.
como pa que hicieran cuerdas.
como panzón al máiz frito.
como pasaba sus días.
como perrito mamón.
como perro abandonao,
como por ráirse de mí:
como que no desperdicia
como quiso el juez de paz.
como se espanta a los perros,
como se trata a malevos.
como si juera maldito;
como si soplara el viento
como una luz de ligeros!
como una mujer largué.
como una tigra parida.
como van hasta el presente
como vida de animales.
como yeguada matrera.
como yo en una ocasión
como zorro perseguido,



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Dios formó lindas las flores,
Dios le perdone al salvaje
Dios sabe cuánto sufrió!
Dios sabe en lo que vendrá
Dios te dé su proteción



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Eran los días del apuro
es ansí la triste vida:
Es como el patrio de posta;
Es de almirar la destreza
Es güeno vivir en paz
es la mejor compañera
es porque no habían hallao.
es que era pa-po-litano .
es que les gané el tirón
es siguro que lo deja.
Es triste a no poder más
Es triste en medio del campo
es un telar de desdichas
¡Es zonzo el cristiano macho



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Pido a los santos del cielo

pido a mi Dios que me asista

Pido perdón a mi Dios



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¡Pucha!... las conversaciones
¡Pucha, si usté los oyera
¡Pucha...! si no traigo bolas



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Ya veo que somos los dos
yaguané que allí ganaba
yerba y tabaco nos daba
yo abriré con mi cuchillo
Yo andaba desesperao
Yo andaba ya con la espina,
yo hago en el trébol mi cama,
Yo he conocido esta tierra
Yo he sido manso primero
Yo he visto en esa milonga
Yo he visto muchos cantores,
Yo junté las osamentas,
yo juré en esa ocasión
yo la aguanto muy contento,
yo le conocí en la traza
yo le pediré emprestao
yo les hice otra embestida
Yo llevé un moro de número,
Yo me arrecosté a un horcón
yo me le fui como lista
Yo me lo empecé a atracar
yo me saqué las espuelas,
Yo me tapé las narices,
"Yo me voy", le dije, "amigo,
yo no digo que todas,
yo no quise aguardar más
Yo no quise disparar,
Yo no sé por qué el gobierno
Yo no sé qué tantos meses
Yo no soy cantor letrao,
Yo no tengo en el amor
Yo no tenía ni camisa
Yo nunca me he de entregar
yo paso por gaucho malo
Yo primero sembré trigo
Yo quise darle una soba
Yo quise hacerles saber
yo ruedo sobre la tierra
yo sé hacerme el chancho rengo
Yo sé que allá los caciques
yo seguiré mi destino,
yo seré cruel con los crueles:
Yo soy toro en mi rodeo
yo soy un gaucho redondo
Yo también dejé las rayas...
yo también quiero cantar.
Yo también tuve una pilcha
Yo tengo intención a veces,
yo tengo otros pareceres,
Yo tengo pacencia poca
Yo tenía un facón con S,
Yo tenía unas medias botas.

Piglia, Ricardo “Echeverría y el lugar de la ficción”, en La Argentina en pedazos.

http://www.slideshare.net/Mauiez/piglia-el-matadero-en-la-argentina-en-pedazos